Mis padres habían muerto años atrás.
Con mis hermanos mantenía una relación cordial, pero distante.
Nos felicitábamos en los cumpleaños.
Nos enviábamos mensajes en Navidad.
Poco más.
Yo había pasado décadas construyendo algo que creía que me haría sentir completo.
Y a los 57 años regresaba cada noche a un departamento silencioso donde nadie esperaba que abriera la puerta.
Mi asistente, Elena, llevaba meses diciéndomelo.
—Necesitas conocer gente fuera de la oficina.
Yo me reía.
—Conozco gente todos los días.
—Conoces abogados, proveedores, clientes y empleados. No es lo mismo.
Elena tenía casi mi edad y llevaba trabajando conmigo más de quince años.
Era una de las pocas personas que podía decirme ciertas cosas sin que yo intentara cambiar de tema.
—Todavía puedes compartir tu vida con alguien, Ricardo.