—Ya tuve dos oportunidades.
—Dos matrimonios que no funcionaron no significan que tengas que pasar el resto de tu vida cenando solo.
Normalmente respondía con alguna excusa.
Hasta un lunes después de pasar prácticamente todo el fin de semana sin hablar con nadie.
El sábado había salido únicamente para comprar algunas cosas.
El domingo comí solo.
Por la noche me senté frente al enorme ventanal del departamento y descubrí que no tenía ganas de encender la televisión, trabajar ni llamar a nadie.
El lunes, Elena volvió a mencionar el asunto.
Esta vez no me defendí.
—Quizá tengas razón.
Su cara cambió inmediatamente.
—Conozco a alguien.
Me arrepentí de haber hablado.
—Eso ha sido demasiado rápido.
—La hija de una vecina. Se llama Daniela Mendoza. Es una buena mujer. Ha pasado por una etapa difícil.
—¿Qué edad tiene?
—Treinta y uno.