Pero estaban allí.
Horas después, cuando despertó completamente, Alejandro estaba sentado junto a su cama con la camisa arrugada y los ojos rojos.
—¿Los niños?
—Están estables.
—¿Seguro?
Él inclinó la cabeza hasta apoyar la frente sobre su mano.
—Y tú estás aquí.
Su voz se quebró.
Isabel lo observó.
Aquel hombre le había asegurado antes de casarse que no necesitaba hijos para sentirse completo.
Seguía siendo verdad.
Precisamente por eso verlo llorar por aquellos 2 pequeños resultaba todavía más conmovedor.
—Alejandro.
Él se limpió rápidamente los ojos.
—¿Qué?
—Estás llorando.
—No he dormido.
—Curioso. A ti la falta de sueño te sale por los ojos.
Él terminó riéndose.
Los bebés permanecieron varias semanas ingresados.
Carmen pasaba largos ratos frente al cristal de neonatología.
Una tarde tomó la mano de Isabel.
—Durante años pensé que tener un nieto era importantísimo.