Patricia se llevó una mano al pecho.
—Soy tu hermana.
—Y yo fui tu hermano cuando te recibí sin cobrarte renta. Fui tu hermano cuando tus hijos necesitaban escuela, comida y techo. Fui tu hermano cuando Héctor te dejó tirada. Tú dejaste de ser mi hermana cuando te paraste en mi recámara y permitiste que él me echara.
Ella lloró más fuerte, pero ya no me quebró.
—Tienen diez minutos para sacar sus cosas. Después llamo a la policía.
—No puedes hacer esto —dijo Patricia.
—Ya lo hice.
Los dejé entrar, pero me quedé junto a la puerta. Héctor pasó rozándome el hombro, queriendo intimidarme. Yo no reaccioné. Sabía que los hombres como él se alimentan de pleitos para hacerse víctimas después. Patricia corrió a la recámara de visitas. Los niños preguntaban qué pasaba. Ella no respondía. Solo metía ropa en bolsas.