Llegué a mi casa después de tres días de trabajo y encontré mi cama tirada en la banqueta, como si fuera basura; mi cuñado estaba instalándose en mi recámara principal mientras mi hermana lo apoyaba en silencio. Me ordenaron irme porque, según ellos, ahora la casa les pertenecía… pero esa tarde descubrí que la familia también puede convertirse en invasora.

Patricia se llevó una mano al pecho.

—Soy tu hermana.

—Y yo fui tu hermano cuando te recibí sin cobrarte renta. Fui tu hermano cuando tus hijos necesitaban escuela, comida y techo. Fui tu hermano cuando Héctor te dejó tirada. Tú dejaste de ser mi hermana cuando te paraste en mi recámara y permitiste que él me echara.

Ella lloró más fuerte, pero ya no me quebró.

—Tienen diez minutos para sacar sus cosas. Después llamo a la policía.

—No puedes hacer esto —dijo Patricia.

—Ya lo hice.

Los dejé entrar, pero me quedé junto a la puerta. Héctor pasó rozándome el hombro, queriendo intimidarme. Yo no reaccioné. Sabía que los hombres como él se alimentan de pleitos para hacerse víctimas después. Patricia corrió a la recámara de visitas. Los niños preguntaban qué pasaba. Ella no respondía. Solo metía ropa en bolsas.

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