Camila se acercó a mí.
—Tío Andrés… ¿ya no podemos vivir aquí?
Sentí un nudo en la garganta.
Me agaché para estar a su altura.
—No, mi niña. Pero no porque ustedes hayan hecho algo malo.
—¿Es por mi papá?
No supe qué decir. La verdad a veces pesa demasiado para ponerla en manos de una niña.
—Es por decisiones de adultos —contesté.
Ella asintió lentamente. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloró. Eso me rompió más que cualquier grito.
Diego salió con su mochila.
—¿Puedo llevarme el carrito rojo?
—Claro —dije—. Es tuyo.
Héctor escuchó y soltó desde el pasillo:
—Qué generoso.
Lo miré sin pestañear.
—Con los niños, sí. Con los parásitos, no.
Patricia se detuvo.
—¿Así nos llamas?
—Así se llama la gente que llega pidiendo ayuda y termina queriendo quedarse con la casa.
Nueve minutos después estaban afuera con bolsas, cajas y maletas. Héctor tenía su cama en el garaje, desarmada. Le dije que mandara por ella después con alguien más, porque él no volvería a entrar. Patricia suplicó una última vez.