—Solo esta noche, Andrés. Mañana buscamos algo. Por favor.
—No.
—¿Vas a dejar a tus sobrinos en la calle?
—Tú los pusiste en esta situación cuando preferiste a Héctor y su ambición sobre el techo que yo les di.
Mi hermana me miró como si yo fuera un monstruo. Tal vez necesitaba creer eso para no verse a sí misma.
Cerré la puerta.
El sonido del cerrojo nuevo fue uno de los sonidos más tristes y más liberadores de mi vida.
Afuera siguieron gritando durante varios minutos. Héctor amenazó con demandarme. Patricia lloró. Los niños se quedaron callados. Después escuché el motor del coche alejarse.
Esa noche caminé por mi casa en silencio. Toqué las paredes, acomodé mis fotos, lavé los trastes que habían dejado, barrí la tierra del pasillo. No era solo limpiar. Era recuperar mi territorio.
Dormí en mi cama. Mi cama volvió de la calle a mi recámara, y yo volví a sentir que respiraba.