Luego nació el segundo.
El tercero.
El cuarto.
Ya no podía verlos.
Solo podía escuchar los sonidos.
Cada llanto representaba para mí una vida entera.
Cada llanto decía:
Ha llegado.
Está respirando.
Está luchando.
El quinto.
El
sexto.
El séptimo.
Alguien en la habitación respiró profundamente y dijo:
—Siete.
Pensé que había terminado.
Por un momento cerré los ojos.
Quería creer que la parte más difícil ya
había pasado.
Quería pensar que ahora me dirían que todos estaban vivos y que todo estaría bien.
Pero justo en ese momento cambió la voz de uno de los médicos.
—Esperen…
Esa sola palabra congeló toda la sala.
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Abrí los ojos.
—¿Qué pasó? —susurré.
Nadie respondió.
Unos segundos después, se escuchó otro