Lucía fue a la oficina de su marido a tomar un café, sin imaginar que la nueva secretaria la abofetearía delante de todos, gritando: “¡Es mi marido!”. Pero esa bofetada fue solo el comienzo de una verdad mucho más oscura. Entre una firma falsificada, una carta de renuncia preparada a sus espaldas, una notaría en Madrid y una empresa que intentaban apoderarse, se reveló un plan secreto mucho mayor. Lucía tendría que elegir entre hundirse en la humillación o recuperar su honor, su dignidad y el control sobre todo lo que había construido a lo largo de los años.

Después cambió de opinión.

No quería sustituir un apellido por otro y llamar a eso modernización.

La nueva marca fue Línea Habitable Rehabilitación.

Tomás dijo que sonaba demasiado elegante para una empresa donde los albañiles seguían discutiendo por quién había perdido la cinta métrica.

—Es aspiracional —respondió Lucía.

La oficina también cambió.

No era mucho más grande.

Tenía una sala común, paredes con planos visibles y un pequeño espacio tranquilo para videollamadas.

Lucía mantuvo su despacho, pero rara vez cerraba la puerta.

No porque quisiera demostrar transparencia permanente.

Porque había aprendido algo sobre los símbolos.

Las puertas cerradas no causaron el problema anterior.

Pero una cultura donde la información circulaba únicamente a través de Javier sí había ayudado.

Línea Habitable organizó responsabilidades de forma más clara.

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