Se levantó llorando. "¡Nadie me entiende!"
Entonces Beatriz sacó una carpeta amarilla de su bolsa. "Claudia, perdón, pero tengo que mostrar esto. No duermo".
Eran recibos de Liverpool, Amazon y clínica privada. Transferencias de cinco mil, ocho mil, doce mil. Más de cuarenta mil en tres semanas. "Se lo di a Emiliano porque me dijo que Valeria tenía amenaza de aborto y necesitaba estudios urgentes y cuna porque usted no quería ayudar".
Miré a Valeria, pálida. "¿Ya compraron eso?" Negó. "Te juro que no he visto nada, mamá".
Don Arturo agarró a su hijo del brazo. "¿Dónde está ese dinero? Tu mamá sacó de sus ahorros para su rodilla".
Emiliano sudaba. "Luego explico, tuve gastos..."
Beatriz sacó el último papel. Veinticinco mil pesos. "¿Y esta? Dijiste que era para hospitalización de Valeria".
Valeria gritó: "¡Yo nunca he estado hospitalizada!"
El silencio fue sepulcral. Algo más grave que pañales pasaba.
Entonces Beatriz hizo la pregunta que nos congeló.
"Emiliano, ¿por qué me pediste depositar ese dinero en una cuenta a nombre de Claudia Rivera? ¿Por qué no en la tuya?"
Todos lo volteamos a ver. Sentí un balde de agua helada. Yo no había abierto ninguna cuenta. No había recibido un peso.
Emiliano se quedó mudo. Y cuando levantó la cabeza, no me miró a mí.
Miró directo a Valeria. Y lo que venía nos dejaría sin aire. Yo sentía el corazón latiéndome rapidísimo porque entendí que no era solo flojera, era una mentira mucho más grande y peligrosa que nos afectaba a todos.