“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

Además del envenenamiento de Elena y Camila, la Fiscalía reabrió la investigación por la muerte de Mauricio.

Uno de los hombres que había estado en la lancha pidió protección y cambió su declaración.

Contó que Mauricio discutió con Ignacio por movimientos financieros de la empresa. Aseguró que, minutos antes de caer al agua, Ignacio lo golpeó.

El testigo había mentido por miedo y por dinero.

No había una prueba perfecta, pero aparecieron transferencias, mensajes y contradicciones que permitieron presentar cargos.

El juicio fue largo.

Para Elena, cada audiencia era como volver a vivir el mismo día.

A veces salía furiosa; otras, vacía, incapaz de encender el auto.

Rodrigo empezó a acompañarla después de que una tarde la encontró en el hospital, esperando una revisión de rutina, mirando el piso durante casi una hora.

—No tienes que demostrar que puedes sola —le dijo.

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