“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

“Primero ella. Después la niña. Sin prisa. Tiene que parecer natural.”

Había otro.

“Cuando Elena firme la modificación del fideicomiso, aceleramos.”

Y un tercero, mucho más antiguo, dirigido al dueño de la farmacia:

“Mis mismas concentraciones. Dos frascos distintos. El de la pequeña, la mitad.”

Marcela leyó los mensajes frente al jefe médico.

El hombre se sentó como si le hubieran quitado la fuerza de las piernas.

—Esto va a hundirnos.

Rodrigo lo miró.

—No. Lo que los habría hundido era ocultarlo.

Entonces llegó un nuevo informe.

El laboratorio había comparado una muestra de cabello de Elena con otra guardada en una revisión de hacía dieciocho meses.

Los niveles de talio eran antiguos, repetidos, constantes.

No se trataba de un intento reciente.

No era una crisis repentina.

Alguien había estado envenenándola desde pocas semanas después de su boda.

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