Me negaron el pastel de bodas de mi hija por un nombre y la verdad que descubrí cambió la boda

—¿Cómo que una nota? Mamá, yo jamás pediría eso. Pásame a la señora.

Mientras ellas hablaban, la pastelera revisó el historial. La indicación había entrado el día anterior por teléfono, de parte de alguien que decía ser la novia. Después de que Valeria confirmó su identidad y los datos del pedido, me entregaron el pastel: tres pisos blancos, con flores de durazno y marfil. Era hermoso.

—¿Quedó algún número de la llamada? —pregunté.

La pastelera me lo dictó. No era el de Valeria. Lo anoté en el reverso de un recibo.

—Ahora que lo pienso —añadió, dudando—, a esa señora creo que ya la vi. Vino hace unas semanas, acompañada de un hombre.

—¿Cómo era él?

Alto, canoso en las sienes, chaqueta azul marino, argolla de matrimonio y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda. Cada detalle me enfrió un poco más la sangre. Era Gustavo, mi esposo desde hacía treinta años.
Una pregunta que no quiso responder

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