Esa noche, mientras guardábamos los adornos en los autos, dejé el papelito sobre la mesa de la cocina.
—¿Reconoces este número?
—No —dijo él, demasiado rápido.
—Lo usó alguien para llamar a la pastelería de Valeria y hacerse pasar por ella. Y, según la pastelera, tú estuviste allí con esa mujer hace unas semanas.
Gustavo se quedó inmóvil. Miró hacia el pasillo, como si temiera que alguien escuchara.
—Elena, mañana es la boda de nuestra hija. Por favor, no hagamos esto esta noche.
—O sea que sí la conoces.
—No es lo que piensas.
—Entonces dime qué es.
—No puedo.
Dormí apenas dos horas. Dando vueltas en la cama, armé la historia más obvia: mi esposo tenía una amante y, por algún motivo que no alcanzaba a entender, esa mujer estaba tocando la boda de nuestra hija.
A la mañana siguiente, en el salón, llevé a Valeria a un camerino. Ella ya tenía puesta la bata blanca y el cabello a medio peinar.