—¡Me atacó! —gritó, enrojecido.
—No —dijo Julián, con sangre en el labio—. Tú la agarraste.
Gustavo se lanzó otra vez. Esquivé su puñetazo, atrapé su muñeca, desvié su impulso y lo inmovilicé boca abajo sobre la mesa, sin lanzar un solo golpe. Los platos de papel salieron volando. La salsa le manchó la camisa y su mejilla quedó aplastada contra un montón de servilletas. Toda la familia se quedó helada.
Me incliné lo bastante para que solo él me oyera.
—Pude haberte lastimado. Elegí no hacerlo. Recuérdalo.
Lo solté. Se levantó tambaleándose, jadeando y humillado.
—Loca —escupió—. Lo planeaste.
Casi me río.
—Me echaste cerveza en la cabeza en casa de tu mamá. No hacía falta planear nada.
Doña Rosalba corrió a consolarlo como si él fuera la víctima.
—¡Mira lo que le hizo a mi hijo!
—Su hijo agredió a Julián y después agarró a mi esposa —dijo mi esposo.