El bebé nació sano. Lo llamé Samuel.
Los años pasaron y, poco a poco, aprendimos a vivir sin Daniel. Los mayores comenzaron a ayudarme con los pequeños, y nuestra casa, aunque llena de dificultades, nunca perdió el calor de una familia unida.
No éramos ricos, pero nunca dejamos de apoyarnos. Mis hijos aprendieron a compartir, a trabajar y a no abandonar a quienes amaban cuando las cosas se ponían difíciles.
Daniel, en cambio, desapareció de nuestras vidas. No llamó en los cumpleaños, no preguntó por los niños y tampoco apareció en las fiestas importantes. Durante años, no supimos prácticamente nada de él.
Hasta que, una tarde, alguien llamó a nuestra puerta.
Abrí y me quedé paralizada.
Era Daniel.
Había envejecido mucho. Su rostro estaba cansado y sus ojos reflejaban una tristeza que nunca le había visto. Miró por encima de mi hombro, observando la casa llena de fotografías, juguetes y recuerdos de nuestros hijos.