Me enojé tanto que dejé de contestarle durante varios días.
Después llegó aquella noche.
El infarto.
El hospital.
El funeral.
Y una culpa que nunca desapareció.
Abracé su fotografía y lloré como no lo había hecho desde su entierro.
—Perdóname, papá.
A la mañana siguiente llegué al despacho de Gabriela en San Pedro Garza García.
Lucía ya estaba esperando.
Era una mujer de unos cincuenta años, cabello corto y ojos cansados.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Te pareces muchísimo a tu mamá.
Mi madre había muerto cuando yo tenía doce años.
Aquella frase me rompió el corazón.
Lucía me abrazó.
—Tu papá te quería más que a nada en este mundo, Mariana.
Nos sentamos frente al escritorio.
Saqué la pequeña caja de nogal de mi bolso.
Lucía la observó durante varios segundos.