El proceso fue largo.
Hubo peritajes, declaraciones y audiencias.
Finalmente, las autoridades acreditaron su participación en diversos delitos patrimoniales y operaciones fraudulentas.
Ricardo recibió una sentencia de prisión, sujeta a los recursos legales correspondientes, y se ordenaron las reparaciones económicas procedentes.
La empresa de mi padre pudo recuperar parte del dinero desviado.
Yo conseguí proteger los bienes cuya procedencia hereditaria había quedado demostrada y cerré legalmente mi matrimonio.
Pero la historia todavía no había terminado.
Una tarde de noviembre, Gabriela me llamó.
—Mariana, hay alguien que quiere conocerte.
—¿Quién?
—Tu hermano.
Sentí que las piernas me temblaban.
Andrés.
El niño de la fotografía.
El hijo que mi padre había mantenido en secreto.
Nos encontramos en una cafetería de Querétaro.
Cuando entré, vi a un hombre de cuarenta años sentado junto a la ventana.
Tenía el cabello oscuro, una camisa azul y los mismos ojos cafés de mi papá.