Al verme, se puso de pie.
—¿Mariana?
No pude responder.
Simplemente asentí.
Él sonrió con nerviosismo.
—Soy Andrés.
Durante unos segundos nos miramos sin saber qué decir.
Después me abrazó.
Y algo dentro de mí se rompió.
No era un abrazo romántico.
Ni el abrazo de alguien que pretendía salvarme.
Era el abrazo de una persona que había vivido toda su vida sin saber que yo existía.
—Siempre quise tener una hermana —susurró.
Empecé a llorar.
—Yo tampoco sabía que tenía un hermano.
Pasamos cinco horas hablando.
Andrés me contó que había crecido con su mamá en Querétaro.
Que mi padre lo había ayudado económicamente durante años, pero que apenas habían empezado a acercarse poco antes de su muerte.
—Me llamó una semana antes del infarto —dijo—. Quería reunirnos a los tres.
Sentí un nudo en la garganta.