No porque quisiera huir de los recuerdos.
Sino porque necesitaba construir recuerdos nuevos.
Compré una casa más pequeña en Santiago, cerca de las montañas que tanto le gustaban a mi papá.
Volví a trabajar de lleno en mis inversiones y participé en la reorganización de la empresa familiar.
También comencé a convivir con Andrés, su esposa y sus dos hijos.
Mis sobrinos me llamaban tía Mariana.
La primera vez que escuché esas palabras, lloré en silencio mientras preparábamos galletas en la cocina.
Durante años había pensado que mi familia se estaba haciendo cada vez más pequeña.
Primero perdí a mi mamá.
Después a mi papá.
Luego descubrí que mi matrimonio había sido una mentira.
Pero la vida todavía tenía personas esperando para entrar en ella.
Una tarde, Andrés llegó a visitarme con una caja de cartón.