Intenté advertirte sobre Ricardo, pero no supe hacerlo sin lastimarte.
Perdóname.
Si algún día descubres que te mintió, no permitas que sus engaños te hagan desconfiar de todo el mundo.
El amor verdadero no te obliga a cerrar los ojos.
Te ayuda a mirar con claridad.
Y si la vida te regala una segunda oportunidad, tómala sin miedo.
No naciste para vivir a la sombra de nadie.
Con todo mi amor,
Papá».
Cuando terminé de leer, tenía la carta empapada de lágrimas.
Andrés me tomó la mano.
—Él hablaba mucho de ti.
—¿De verdad?
—Decía que eras la persona más valiente que conocía.
Me reí entre lágrimas.
—No me siento muy valiente.
Andrés sonrió.
—Pues yo creo que sí.
Un año después, mi vida era completamente distinta.
Vendí la casa de San Pedro donde había vivido con Ricardo.