—Un poco tarde, pero sí.
Dos años después de aquella despedida en el aeropuerto, regresé al Aeropuerto Internacional de Monterrey.
Pero esta vez no fui a despedir a un esposo mentiroso.
Fui a recibir a Andrés y a su familia, que regresaban de unas vacaciones.
Mientras esperaba frente a las puertas de llegadas, vi a una pareja abrazándose.
El hombre llevaba una maleta.
La mujer lloraba.
Por un instante recordé a Ricardo.
Su beso en mi frente.
Sus promesas.
Su mentira sobre Suiza.
Y aquella carpeta negra que había cambiado mi vida.
Pero ya no sentí rabia.
Solo una profunda gratitud por haber descubierto la verdad a tiempo.
Entonces escuché una vocecita.
—¡TÍA MARIANA!
Mi sobrina de seis años corrió hacia mí con los brazos abiertos.
Me arrodillé para abrazarla.
Andrés apareció detrás, sonriendo.
—¿Lista para irnos a casa?
Miré a mi nueva familia.