Y respondí:
—Más que nunca.
Aquella noche, antes de dormir, saqué la última carta de mi papá.
La coloqué junto a su fotografía.
—Tenías razón, papá —susurré—. La vida sí me regaló una segunda oportunidad.
Apagué la luz.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, me dormí sin miedo al día siguiente.
Porque había comprendido algo que nunca olvidaría:
Ricardo creyó que, al robar aquella carpeta negra, podría quedarse con mi dinero, destruir las pruebas de sus delitos y desaparecer con su amante.
Pero aquella carpeta terminó llevándome hasta la verdad que mi padre había intentado proteger, hasta un hermano que jamás supe que tenía y hasta la mujer que yo había dejado de ser.
Mi esposo se marchó prometiéndome dos años de sacrificio.
Y, de alguna manera, cumplió.
Porque dos años después yo había perdido al hombre que creía amar, pero había recuperado algo muchísimo más importante.