No hablar demasiado.
No reír muy fuerte.
No pedir platos “poco elegantes”.
No mencionar mi barrio de infancia.
No olvidar que los Keller eran una familia “de nivel”.
Pero sentada en aquella pequeña mesa de madera, con un tazón humeante frente a mí y mi hermano al otro lado, sentí por primera vez en mucho tiempo que podía respirar sin pedir permiso.
Sebastián no comió.
Solo me miraba.
Sus ojos seguían rojos de ira.
—¿Desde cuándo lo planeaste?
Tomé una cucharada de caldo.
—Desde la noche en que mamá Keller me encerró en el cuarto de servicio porque rompí una copa.
Sebastián cerró los puños.
—¿Qué?
Levanté la mirada.
—Fue hace ocho meses.
No se lo había contado a nadie.
Ni a mi hermano.
Ni a mi padre.
Ni siquiera a mí misma en voz alta.
Aquella noche hubo una cena en la casa Keller.