Han pasado seis meses desde entonces.
Nuestra pequeña casa de huéspedes ya tiene sus primeros visitantes habituales.
Robert sigue las recomendaciones del médico, me ayuda a preparar los desayunos por las mañanas y pasa las tardes sentado en el jardín, leyendo el periódico.
A veces los huéspedes nos preguntan por qué tenemos colgada en la pared de la sala de estar aquella fotografía en la que yo llevo un abrigo de piel blanco y Robert una camisa blanca.
Yo sonrío y respondo:
—Porque esa fotografía es el recuerdo de la última noche de nuestro matrimonio.
Ellos se sorprenden.
Entonces Robert se acerca, me abraza y añade:
—De la última noche de nuestro antiguo matrimonio. A la mañana siguiente empezamos a vivir de nuevo.
Ahora tengo 64 años.
Y si alguien me pregunta si es posible comenzar una nueva vida a esta edad, mi respuesta será que sí.