En su placa de identificación ponía Linda.
—Usted debe de ser Linda —dije.
Pareció sorprendida.
—Sí. Su esposo la está buscando.
—¿Y desde hace cuánto tiempo conoce a mi marido?
—Desde hace unos tres meses.
Aquellas palabras me atravesaron el corazón como un cuchillo.
Precisamente hacía tres meses que Robert había comenzado sus misteriosas conversaciones telefónicas.
—¿Está enamorada de él? —pregunté directamente.
Linda abrió los ojos de par en par.
—¿Qué? ¡No, señora Wilson! Estoy casada y tengo dos hijos.
—Entonces, ¿por qué habla con él por teléfono a las dos de la madrugada?
La mujer vaciló unos segundos.
Después respondió:
—Porque anoche su esposo tenía miedo de que no termináramos a tiempo lo que hemos estado preparando.
—¿Qué han estado preparando?
Linda miró su reloj.
—Eso debe explicárselo él. Lo único que puedo decirle es que, cuando vino a verme por primera vez, llevaba una fotografía antigua en la mano y estaba tan emocionado que apenas podía hablar.