Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

Días después buscó a Laura.

Le pidió mi dirección.

Ella se negó.

—Si Mariana quiere hablar contigo, ella te buscará.

—Solo quiero disculparme.

Laura lo observó.

—¿Te arrepientes de perderla o de descubrir quién era?

Diego tardó varios segundos en contestar.

—Al principio, de descubrir quién era. Ahora… de haber necesitado descubrirlo para entender lo que hice.

Laura no le dio mi dirección.

Pero me llamó esa misma tarde.

—Está diferente.

—Me imagino.

—Ha bajado de peso. Se ve destruido.Miré por la ventana del coche.

—Perder algo suele enseñarnos su valor.

—¿Todavía lo amas?

Pensé antes de responder.

—No lo odio. Pero tampoco quiero volver.

—¿Ni si cambia?

—Puede cambiar para su próxima relación. No todas las lecciones tienen como premio recuperar lo que destruiste.

Esa noche recibí una carta.

Diego no me pidió regresar.

Eso fue lo único que hizo que la leyera completa.

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