—No me agradezcas —le dije—. Una empresa que exige compromiso también tiene que respetar la vida de quienes trabajan en ella.
Mientras la veía alejarse recordé algo que mi padre me había dicho cuando asumí el consejo:
“Una empresa puede sobrevivir un mal trimestre. Lo que difícilmente sobrevive es una cultura donde las personas dejan de sentirse personas.”
Finalmente entendí por qué aquella frase había permanecido conmigo tantos años.
Diego había sido talentoso.
Su caída no comenzó por falta de capacidad.
Comenzó el día en que confundió autoridad con superioridad.
Con el tiempo, aceptó una posición menor dentro de la compañía.
Para sorpresa de muchos, no renunció.
Tomó cursos de liderazgo, dejó de hablar de su antiguo cargo y empezó desde una responsabilidad donde debía demostrar nuevamente lo que sabía hacer.
Arturo me comentó una mañana: