Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

—Ha cambiado bastante.

—Me alegra.

—¿No siente curiosidad por verlo?

Negué con la cabeza.

—No necesito verlo para desear que le vaya bien.

Meses después coincidimos en un foro empresarial en Ciudad de México.

Yo había participado en una mesa sobre cultura laboral. Al terminar, mientras caminaba hacia la salida, escuché mi nombre.

—Mariana.

Me detuve.

Diego estaba unos metros atrás.

Vestía un traje sencillo. Ya no llevaba aquel reloj enorme que solía colocar sobre la mesa para que todos lo vieran.

—¿Tienes un minuto?

Miré a mi equipo.

—Un minuto.

Se acercó, pero mantuvo distancia.

—Quería darte las gracias.

—¿Por qué?

—Por no destruirme cuando pudiste hacerlo.

—Nunca fue mi intención.

—Lo sé. Por eso es peor.

Sonrió con tristeza.

—Cuando me retiraron la subdirección pensé que eras tú castigándome. Luego leí cada queja. Escuché mis propias grabaciones. Yo decía a mis empleados exactamente lo mismo que te dije a ti: que su salario determinaba su valor.

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