No respondí.
—Me convertí en alguien que el Diego de hace cinco años habría detestado.
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
Reconocí inmediatamente nuestra alianza.
—La guardé todo este tiempo.
—No tienes que devolvérmela.
—No intento pedirte nada. Solo quería cerrar esto correctamente.
Abrió la caja.
—Perdón.
Esta vez no había excusas.
Ni discursos.
Solo una palabra.
Respiré lentamente.
—Te perdono, Diego.
Sus ojos se humedecieron.
—¿De verdad?
—Perdonar no significa regresar.
Bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No quiero vivir enojada contigo. Pero tampoco quiero reconstruir algo que terminó cuando decidiste que mi dignidad dependía de una cifra.
Diego cerró la caja.
—Entiendo.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía entenderlo de verdad.
Me despedí.
—Espero que algún día seas feliz.
—Y yo espero que alguien sepa valorar lo que yo no supe.
Caminé hacia el automóvil sin mirar atrás.