Cambió su coche.
Luego el reloj.
Después los amigos.
Y finalmente cambió la forma de mirarme.
Una semana después de nuestra separación publicó fotografías con Fernanda, hija de un empresario local. Elegante, sociable y acostumbrada a eventos de negocios.
En una cena de la empresa alguien le preguntó por mí.
Diego respondió frente a varios gerentes:
—No éramos compatibles. Yo necesitaba una mujer de mi nivel. Ella ganaba dieciocho mil pesos y no tenía contactos.
Mientras él decía eso, yo entraba por primera vez en tres años a la sala del consejo de Grupo Altavista.
Más de veinte directivos se pusieron de pie.
—Buenos días, presidenta.
Revisamos resultados durante horas.
Al final, el director general colocó frente a mí las evaluaciones de los ejecutivos de distintas empresas del grupo.
Entre ellas estaba la de Diego.
Sus resultados comerciales eran buenos.
Pero también aparecían quejas recientes: humillaciones a subordinados, decisiones fuera de sus facultades y comentarios despectivos hacia empleados con salarios bajos.