Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

Cambió su coche.

Luego el reloj.

Después los amigos.

Y finalmente cambió la forma de mirarme.

Una semana después de nuestra separación publicó fotografías con Fernanda, hija de un empresario local. Elegante, sociable y acostumbrada a eventos de negocios.

En una cena de la empresa alguien le preguntó por mí.

Diego respondió frente a varios gerentes:

—No éramos compatibles. Yo necesitaba una mujer de mi nivel. Ella ganaba dieciocho mil pesos y no tenía contactos.

Mientras él decía eso, yo entraba por primera vez en tres años a la sala del consejo de Grupo Altavista.

Más de veinte directivos se pusieron de pie.

—Buenos días, presidenta.

Revisamos resultados durante horas.

Al final, el director general colocó frente a mí las evaluaciones de los ejecutivos de distintas empresas del grupo.

Entre ellas estaba la de Diego.

Sus resultados comerciales eran buenos.

Pero también aparecían quejas recientes: humillaciones a subordinados, decisiones fuera de sus facultades y comentarios despectivos hacia empleados con salarios bajos.

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