Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

Cerré la carpeta.

—¿Está documentado?

—Sí.

—Entonces continúen evaluándolo como a cualquier otro ejecutivo. No quiero privilegios, pero tampoco castigos personales.

Un mes después nos citaron para concluir legalmente el divorcio.

Llegué sola al juzgado familiar.

Diego estaba afuera con Teresa y Fernanda.

Su madre me miró de arriba abajo.

—Qué bueno que viniste. Ahora sí mi hijo podrá empezar una vida con alguien que le convenga.

Fernanda sonrió con incomodidad.

Yo no respondí.

La audiencia fue breve.

No teníamos hijos. No existían bienes en copropiedad que discutir y ambos aceptamos terminar el matrimonio.

Cuando salimos, Teresa tomó del brazo a Fernanda.

—Mira, hijo. Una mujer así sí puede acompañarte.

Seguí caminando hacia la salida.

Entonces varios vehículos negros se detuvieron frente al edificio.

Diego frunció el ceño.

Del primero bajó Arturo Cárdenas, director general de la empresa donde él trabajaba.

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