Mi esposo se divorció de mí porque decía que mi salario de 18 mil pesos lo hacía quedar mal frente a sus socios: “Necesito una esposa de mi nivel”. Yo no discutí; firmé y me alejé del juzgado. Pero antes de que pudiera marcharme, su director general apareció, pasó de largo junto a él y se inclinó ante mí: “Presidenta, la reunión comienza en 40 minutos”… nadie de su familia sabía mi verdadero cargo.

—Que mi salario en la fundación era de dieciocho mil pesos. Nunca te dije que fuera todo mi patrimonio.

Diego abrió la boca, pero no encontró palabras.

Arturo añadió:

—Grupo Altavista controla varias empresas, incluida la compañía en la que usted trabaja.

El color desapareció de su rostro.

Teresa dio un paso hacia mí.

—¿Tú eres dueña de todo eso?

—Soy presidenta del consejo y accionista —respondí—. No necesito ser dueña de cada empresa para dirigir el grupo.

—¿Y por qué nunca dijiste nada?

La pregunta me pareció extraña.

—Porque cuando me casé con Diego quería saber si podía construir una vida donde mi apellido y mi dinero no fueran lo más importante.

Diego me miraba como si estuviera viendo a otra persona.

—Mariana… ¿tú ayudaste en mis ascensos?

—No de la manera que piensas.

Le expliqué lo único que necesitaba saber.

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