Sí, había pedido que sus evaluaciones fueran imparciales.
Sí, en algunas ocasiones había solicitado revisar proyectos donde él participaba.
Pero nunca había ordenado un ascenso ni obligado a nadie a contratarlo.
—Cuando eras bueno, pedí que se reconociera tu trabajo. Cuando te equivocaste, pedí que se aplicaran las mismas reglas que a los demás.
Diego bajó la mirada.
De pronto comprendió muchas cosas.
Las negociaciones que misteriosamente se habían reabierto.
Los proyectos en los que había recibido una segunda oportunidad.
Aquellas noches en las que yo hablaba durante horas desde el estudio diciendo que tenía “una reunión de trabajo”.
Durante tres años nunca le había mentido.
Simplemente él había asumido que una mujer discreta debía ser una mujer sin poder.
—Mariana, espera…
—Tenemos una reunión —intervino Arturo.
Asentí.
Antes de entrar al vehículo, Diego volvió a llamarme.