—Te lo estoy pidiendo como hija.
Aquellas palabras llegaron treinta y seis años tarde.
—Cuando yo necesitaba un padre, me diste facturas —respondí—. Cuando necesitaba apoyo para estudiar, me dijiste que dejara de competir con Lorena. Cuando tu nieto estaba tirado en el piso con un hueso roto, tu primera preocupación fue proteger a Camila y tu apellido.
Arturo respiró profundamente.
—Cometí errores.
—No. Un error es olvidar un cumpleaños. Tú tomaste decisiones durante décadas.
—Puedo cambiar.
—Entonces cambia. Pero no lo hagas para que yo te salve.
Colgué.
Esa fue la última conversación que tuvimos.
Teresa intentó contactarme varias veces.
Primero me acusó de ser cruel.
Después pidió ver a Mateo.
Finalmente escribió una carta de ocho páginas diciendo que había comprendido cuánto daño nos había causado.
No rompí la carta.
Tampoco respondí.
La guardé.
No como trofeo.