Cuando escuchó la sentencia, Lorena me envió un mensaje.
“Destruiste la vida de mi hija.”
No respondí.
Camila había tenido veinticuatro años de oportunidades para aprender que los demás también eran personas.
Mateo solo había necesitado siete años para entenderlo.
Mi padre, mientras tanto, descubrió que sus verdaderos problemas apenas comenzaban.
La investigación sobre sus negocios reveló transferencias sospechosas, empresas utilizadas para mover dinero y pagos relacionados con permisos inmobiliarios.
No fui testigo, investigadora ni juzgadora en aquel asunto.
Me mantuve completamente al margen.
Pero los periódicos locales comenzaron a publicar noticias sobre cateos, cuentas aseguradas y socios llamados a declarar.
Un día Arturo me llamó desde un número desconocido.
Contesté sin saber quién era.
—Valeria.
Reconocí su voz.
—¿Qué quieres?
—Necesito hablar contigo.
—No puedo ayudarte con ninguna investigación.
—No te estoy pidiendo ayuda como jueza.
Hubo una pausa.