—Por favor.
—Brenda —la detuve—. Uno de esos cuartos está
disponible ya. La dueña puede mostrarlo esta tarde. Ya le escribí.
—No me voy a mudar ahí.
—Entonces no lo hagas. Seguiremos buscando. Pero vamos a ir a verlo. No te pido que tengas la vida resuelta mañana. Te pido que des pasos.
Subió y cerró la puerta con fuerza. Veinte minutos después bajó en jeans y sudadera y dejó caer sobre una silla la bata más fea de la casa: una de franela rosa, desteñida, con gatitos estampados y una manga encogida.
—Ahí está. ¿Contenta?
—Encantada.
El cuarto de Mariela
Esa tarde fuimos a ver el cuarto. La dueña era Mariela, una diseñadora gráfica de la edad de Brenda que trabajaba desde casa. Era una casa pequeña pero limpia, de esas limpias de verdad, vividas.
Brenda recorrió la habitación dos veces: la primera, rápido y de brazos cruzados; la segunda, despacio, abriendo el clóset y mirando el espacio vacío