Se apartó el cabello del rostro.
Y comenzó a reír.
Andrés apareció detrás de mí y tomó mi mano.
Valeria avanzó unos metros nadando.
Entonces miré hacia el rincón donde Mauricio siempre colocaba su silla durante las reuniones familiares.
Estaba vacío.
Andrés la había llevado a la basura pocos días después del accidente.
Durante 39 años creí que amar a mi familia significaba hacerme pequeña para que personas como Mauricio pudieran ocupar todo el espacio.
Creía que mantener la paz significaba soportar humillaciones, guardar silencio y pedirles a los demás que hicieran lo mismo.
Mi hija casi murió porque todos habíamos confundido silencio con paz.
Miré aquel espacio vacío.
Por primera vez no parecía una ausencia.
Valeria volvió a sumergirse y salió riendo.
Y comprendí algo que debí aprender muchos años antes.
A veces una familia no comienza a sanar cuando todos vuelven a sentarse alrededor de la misma mesa.