Mauricio bajó lentamente los lentes de sol.
—Ya sé dónde están. Te dije que me trajeras una.
Valeria dejó el tenedor sobre su plato.
—Tienes piernas.
El patio quedó en silencio.
Mi madre, Elena, abrió los ojos horrorizada.
—Valeria, discúlpate con tu tío.
—No dije ninguna mentira, abuela.
Mauricio se puso de pie.
—Mariana, ¿vas a permitir que tu hija me hable así?
Sentí aquella vieja presión en el pecho.
La misma de mi infancia.
Cuando Mauricio rompía algo, mi madre me decía que no lo provocara.
Cuando insultaba a alguien, nos pedía paciencia.
Cuando perdía dinero, alguien terminaba prestándoselo.
Siempre había una razón para protegerlo.
—Mauricio, déjala —dije.
Mi voz salió demasiado débil.
Valeria se levantó con su plato.
—No voy a servirle más. Es un adulto.
Se dirigió hacia la puerta de la cocina.