A las ocho, mi teléfono comenzó a vibrar.
Veintitrés llamadas de Mauricio.
Después llegaron los mensajes.
“¿Dónde estás?”
“Daniela, podemos arreglarlo.”
“Voy a regresar el dinero.”
“Mi mamá se volvió loca.”
“Valeria no significa nada.”
“Regresa a la casa.”
Sólo contesté una vez:
“Desde hoy tú pagas solo tu casa, tu deuda y tu nueva familia.”
Después bloqueé su número.
A la mañana siguiente fui con una abogada de familia recomendada por una compañera del trabajo, la licenciada Mariana Ramírez.
Puse sobre su escritorio todo.
El reconocimiento de paternidad.
El convenio de divorcio.
Los estados de cuenta.
Los depósitos mensuales.
La transferencia de mis padres.
Las fotos y mensajes relacionados con mi suegra.
Mariana leyó en silencio durante varios minutos.
—Lo primero —dijo— es proteger a tu hija. Vamos a solicitar medidas provisionales sobre guarda, convivencia y domicilio mientras inicia el divorcio. Y nadie debe recoger a Sofía de la escuela sin tu autorización.