Después recogí a Sofía en casa de mis padres.
No les conté todavía la verdad.
—Se rompió una tubería —mentí—. Tendremos que quedarnos unos días en otro lugar.
Conseguí un pequeño departamento amueblado en Centro Sur. Nada que ver con nuestra casa de Juriquilla: una recámara, cocina mínima y una mesa para dos.
Sofía entró cargando su mochila.
—¿Aquí vamos a vivir?
Me agaché frente a ella.
—Por un tiempo. Será nuestra base secreta.
Su cara se iluminó.
—¿Sólo tú y yo?
—Sólo tú y yo.
Esa noche cenamos quesadillas compradas en una fonda cercana.
Yo sentía que le había arruinado el cumpleaños.
—Perdóname, mi amor. Hoy debería haber sido diferente.
Sofía siguió comiendo y respondió:
—Si estoy contigo, sí fue bonito.
Tuve que voltear la cara para que no me viera llorar.