Me equivoqué.
Esa misma tarde me llamaron del kinder.
—Señora Daniela, la abuela de Sofía está aquí. Dice que se llevará a la niña y está muy alterada.
Sentí que la sangre se me helaba.
Llegué quince minutos después.
Teresa esperaba junto a la entrada.
—Sofía viene conmigo —dijo—. Tú abandonaste su casa.
—Sofía no va a ninguna parte contigo.
—No tienes dinero para mantenerla. Mauricio ya bloqueó la cuenta con la que pagaban el colegio. Cuando se te acaben tus ahorros regresarás rogando.
Saqué mi teléfono delante de ella y actualicé los datos de pago del kinder con mi nueva cuenta.
—Listo.
Su sonrisa desapareció.
—Esto no ha terminado.
—Para Sofía y para mí, sí.
Me llevé a mi hija de la mano.
Tres días después Mauricio apareció en mi oficina.
El hombre que siempre salía impecable de casa parecía haber envejecido diez años.