—Necesito hablar contigo.
—Habla.
—Llegó una carta de tu abogada. Quieren que devuelva los seiscientos cincuenta mil pesos.
—No “quieren”. Mis padres quieren recuperar su dinero.
—No tengo esa cantidad.
—Pregúntale a Valeria.
Mauricio apretó la mandíbula.
—Se fue.
No pude evitar mirarlo con sorpresa.
—¿Qué?
—Cuando supo cuánto debo de la casa y que tú ya no ibas a poner dieciocho mil al mes, dijo que la engañé. Se llevó a Mateo con su mamá.
La ironía era brutal.
Valeria había querido entrar a una casa creyendo que Mauricio era un hombre próspero.
Cuando descubrió que detrás de aquella fachada había una hipoteca enorme, un préstamo personal que él también había usado para completar la compra y una demanda por dinero desviado, desapareció.
—Mi mamá está desesperada —continuó—. Dice que todo se salió de control.
—Tu mamá rompió con un martillo el juguete favorito de una niña de cinco años para anunciarle a su madre que sería reemplazada. No se salió de control. Ése era exactamente su plan.