Los meses siguientes fueron agotadores.
No hubo una victoria mágica de un día para otro.
Hubo citas con abogados, documentos, audiencias, cuentas que pagar y noches en las que Sofía preguntaba por qué su papá ya no vivía con nosotras.
Una tarde dibujó una casa con tres personas tomadas de la mano.
—Éramos nosotros —me explicó.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Me senté junto a ella.
—Papá y yo ya no vamos a vivir juntos.
Sus ojos se llenaron de tristeza.
—¿Porque fui mala?
La abracé tan fuerte como pude.
—Jamás vuelvas a pensar eso. Los problemas de los adultos no son culpa de los hijos.
—¿Tú te vas a quedar conmigo?
—Siempre.
Sofía apoyó la cabeza en mi hombro.
—Entonces nuestra base secreta todavía sirve.
Fue la primera vez que me reí de verdad desde aquel cumpleaños.