La última vez que fui a su casa, acompañada por Mariana para recoger unas pertenencias, abrió la puerta con el cabello desordenado y una vieja sudadera encima de la ropa que antes usaba para presumir frente a sus vecinas.
—Así que regresaste —dijo—. Sabía que ese departamento miserable te cansaría.
—No vine a regresar.
Mauricio apareció detrás de ella.
Estaba más delgado.
Sobre la mesa había sobres del banco.
—Daniela —dijo casi en un susurro—, ayúdame aunque sea unos meses.
Miré alrededor.
La misma casa donde tantas veces me habían hecho sentir insuficiente.
La misma mujer que había tratado a mi hija como si fuera un error.
El mismo hombre que me había pedido paciencia mientras financiaba otra vida con nuestro dinero.
—Durante años confundieron mi paciencia con debilidad —dije—. Ese fue su error.
Tomé las últimas cosas de Sofía y salí.