—Que hablen.
—No me preocupa lo que digan. Me preocupa que estés construyendo tu vida alrededor de alguien que también controla tu trabajo.
No quise escucharla.
Pero sus palabras se quedaron conmigo.
Aquella misma tarde, Harold organizó una fiesta en su casa.
Había invitado a toda la empresa.
Y me dijo expresamente que llevara a Mia.
—No tienes con quién dejarla. Además, le encanta mi piscina.
Sonreí.
Era verdad.
Mia adoraba la casa de Harold.
Especialmente una vieja taza de viaje que él conservaba desde sus años de universidad.
Era de Mike.
Harold la había guardado durante años.
Cada vez que Mia la veía sobre la encimera, intentaba cogerla.
—Puede quedársela cuando quiera —me había dicho Harold una vez.
Aquella frase me había conmovido.
Pero también me había hecho preguntarme algo que todavía no quería admitir:
**¿Por qué estaba Harold tan empeñado en ocupar el espacio que Mike había dejado vacío?**
Cuando llegamos a la fiesta, la casa parecía sacada de una revista.
Luces colgando sobre la terraza.
Música.
Copas.
Trajes de lino.
Vestidos elegantes.
Y una enorme piscina iluminada.
Yo me sentía completamente fuera de lugar.
Harold estaba al otro lado de la piscina.
Cuando nos vio, sonrió.
Pero algo en aquella sonrisa era diferente.
No era la expresión relajada del amigo de Mike que yo conocía.
Había algo más.
Algo que no sabía nombrar.
Mia se soltó de mi mano y salió corriendo hacia él.
—¡Mia! ¡Despacio!
Demasiado tarde.
Harold la levantó del suelo entre risas.
—¡Te atrapé, pequeña!
Mi hija se acomodó contra su pecho.
Y entonces sucedió.
Mia dejó de sonreír.
Su mirada se quedó fija en un punto detrás de la cabeza de Harold.
Levantó lentamente una mano.
Señaló su oreja.
—Mamá…
Me acerqué.
—¿Qué pasa, cariño?
Mia miró a Harold.
Después volvió a mirarme.
—**Papá está ahí.**
Sentí que el mundo se detenía.
Harold se quedó completamente pálido.
La bajó al suelo demasiado rápido.
Mia dio un pequeño traspié.
—Mamá —insistió—. ¡Papá está ahí! ¡Míralo! ¡Tienes que salvarlo!
Varias conversaciones se apagaron alrededor de nosotros.
Todos miraban.
Yo sentí que la cara me ardía.
—Cariño, ven conmigo.
La abracé.
—Lo siento muchísimo —le dije a Harold—. Ella todavía extraña mucho a su padre. A veces dice cosas…