Me acerqué y lo abracé por la espalda. Ya no había nada que perdonar.
Una nueva costumbre
El sábado siguiente fuimos los tres. Lucía llevó un ramo de flores del jardín y Aurora, sin saber quién era, la miró con los ojos húmedos y le dijo que se parecía a su nieta. Yo le llevé pan caliente.
Hoy seguimos visitándola cada fin de semana. A veces me llama «hija». A veces, «señora». Y siempre sonríe cuando la puerta se abre.
A veces el amor más grande no necesita un título. Solo necesita que alguien llegue, aunque sea tarde, y se quede.