Raúl era su esposo fallecido. Esteban intentó aclararle que se confundía, pero la mujer empezó a llorar con una angustia que él no pudo soportar. Entonces hizo algo que no supo explicar ni a sí mismo: le sonrió y respondió:
—Disculpa, esposa. Ya estoy aquí.
Aurora se calmó al instante.
Por qué no me lo dijo
Desde entonces, cada sábado, Esteban pasaba por la casa azul. Le llevaba pan, le arreglaba el grifo, le leía el periódico en voz alta. Y cuando ella lo llamaba «Raúl», él no la corregía. Cuando le decía «esposo», él le respondía «esposa». Su hija, que hablaba con ella por videollamada, supo de él y le agradeció llorando.
—Pero ¿por qué no me lo contaste? —le pregunté.
Esteban bajó la mirada.
—Porque mi padre murió de lo mismo. Y yo no estuve. No tuve paciencia, no supe acompañarlo, me alejé porque dolía demasiado. Con Aurora quise hacer lo que no hice con él. Y me daba vergüenza que lo supieras.