Había costumbre.
Favoritismos antiguos.
Miedo al conflicto.
Y esa tendencia familiar a exigirle más a la persona que parece más fuerte porque resulta más fácil que pedirle responsabilidad a quien causa el caos.
Nuestra relación cambió después de eso.
No volvió a ser exactamente la misma.
Quizá nunca debía serlo.
Yo también cambié.
Durante mucho tiempo pensé que sobrevivir significaba llegar al punto en que ya no me doliera recordar a Ryan y Lina.
Después comprendí que ese no era el objetivo.
Había cosas que seguirían doliendo.
La traición.
El embarazo perdido.
La facilidad con la que algunas personas esperaron que yo sonriera y siguiera adelante.
Pero el dolor dejó de decidir por mí.
Un año después de aquella boda suspendida, encontré la pequeña bolsa blanca en una caja donde guardábamos dibujos, tarjetas escolares y objetos que los niños se negaban a tirar.