—Mamá.
—¿Sí?
—Gracias por sacarme.
Sentí el mismo nudo en la garganta que había tenido junto al ataúd.
Pero esta vez no me acerqué para abrazarla sin preguntar.
—¿Puedo?
Ella abrió los brazos.
Entonces sí.
La abracé.
No hablamos del certificado.
No hablamos del frasco.
No hablamos del médico.
Aquella noche, por primera vez, el centro de la historia no fue el hombre que decidió firmar cuando no debía.
Fue mi hija decidiendo algo tan sencillo como quién podía entrar a su espacio, cuándo quería un abrazo y cuándo prefería quedarse sola.
Cuando me separé, tomó otro trago de agua y dejó el vaso en la mesa junto a su cama.
Ya no era el agua que había expulsado al volver a toser frente a un ataúd abierto.
Ya no era la palabra que había susurrado mientras intentaba explicar que seguía recordando.