Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Ni siquiera pregunté de dónde había sacado el dinero del anticipo.
Me vestí, tomé mi bolsa, las llaves del coche y la carpeta donde guardaba los datos de mi cuenta de emergencia.
Esa cuenta llevaba años intacta.
Era para una enfermedad grave, un accidente o algo que pudiera destruirnos de un día para otro.
Mientras conducía hacia Puebla, solo podía pensar en una cosa: mi hija podía morir.
Llegué a la clínica poco después de las 10.
Era un edificio privado, impecable, con pisos de mármol gris, arreglos de flores blancas y recepcionistas que hablaban en voz baja.
Cuando pregunté por Daniela, una enfermera me acompañó al segundo piso.
Abrí la puerta de su habitación.
Y me detuve.
Mi hija estaba acostada con la cabeza elevada. Tenía vendas cubriéndole la nariz, parte de las mejillas y la barbilla.